An Englishman’s take on being in Buenos Aires during the World Cup (in Spanish).
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Nada une a un país como el fútbol, y nada excita y deleita tanto como el Mundial. Pero como inglés en Buenos Aires, no puedo compartir el fervor de mis compatriotas en Inglaterra, viviendo a miles de kilómetros en una tierra completamente diferente. Durante la Copa del Mundo, Inglaterra tiene una atmósfera única: es un tiempo en el que el país se suelta el cabello y se olvida de sus problemas. Una de las únicas ocasiones en que los hinchas hacen flamear

on orgullo sus banderas y celebran la noción de lo inglés. Mucha gente en Inglaterra tiene temor de blandir los colores blanco y rojo de la bandera de San Jorge —tal vez con razón—, secuestrados hace tiempo por partidos de extrema derecha y consecuentemente asociados con la intolerancia de mentes estrechas.

Yo pensaba que Inglaterra era una nación loca por el fútbol, hasta que vine a la Argentina. Los escándalos futbolísticos siempre están en los titulares de los periódicos y pareciera que cada día hay un partido por televisión (probablemente es así). La previa del Mundial fue notable, con la prolongada cuenta regresiva iniciada por lo menos un mes antes en los canales de noticias y cada decisión de Maradona analizada por los expertos. Las publicidades futbolísticas también empezaron un mes atrás (mi favorita es el aviso de una marca de colchones, donde un hombre dormido susurra “Ar-gen-ti-na, Ar-gen-tina, campeones, campeones”). ¿Y qué hay de Juan Sebastián Verón, sin dudas el David Beckham argentino en términos de merchandising? Perdí la cuenta del número de avisos que hizo.

A pesar de tanta histeria, no pude nocultar el hecho de que Argentina no es mi equipo. La interminable discusión sobre “la Pulga” o “la Bruja” no alcanzó para animarme tanto como si hablaran acerca de por qué Theo Walcott fue marginado del equipo inglés o por qué Jermain Defoe no tiene más oportunidades de jugar. En esencia, necesitaba esa clase de euforia parcial que podría esperar de los periodistas deportivos de mi país de origen durante la Copa del Mundo. Con Inglaterra y la Argentina jugando el sábado inicial del Mundial, el plan era mirar los dos partidos: el primero rodeado de argentinos y el segundo con mis compatriotas. Quería comparar la atmósfera y a los hinchas. Lo primero que noté hablando con amigos argentinos fue que un gran porcentaje de ellos estaba mirando el partido en casa con amigos o familiares, algo que rara vez pasa en Inglaterra, donde los hinchas de fútbol enfilan en masa rumbo al pub más cercano.

Estuve tentado de ir al centro a ver el partido en pantalla gigante, pero el cielo gris y la lluvia torrencial me hicieron cambiar de opinión e ir a un pequeño bar de Palermo, no lejos de mi casa. Con frío y mal tiempo, parecía como si estuviera en Inglaterra. Con cabello y ojos oscuros, podía apenas pasar por argentino. Pero dos minutos después de sentarme para ver Argentina-Nigeria, se hizo dolorosamente obvio que era extranjero. Ni bien el grupo de bulliciosos porteños a mi lado empezó con las canciones futboleras mientras tragaban cervezas Quilmes, no fui capaz de cantar con ellos porque no me sabía las letras. Y, francamente, es Inglaterra a quien quiero ver “campeón”. Cuando Gabriel Heinze marcó el gol, no fui capaz de celebrar con la misma pasión que la gente que me rodeaba.

Argentina jugó bastante bien. Tal vez no fue capaz de mantener lo que prometió en los primeros 15 minutos, pero fue un partido emocionante, con muchos remates al arco. Y Messi, normalmente una sombra del jugador que es cuando usa los colores de Barcelona, controló el juego y de no haber sido por la tarea del arquero nigeriano o la mala fortuna, podría haber convertido. Si mantiene su forma, Argentina sin dudas tiene chances, aunque necesita jugar como equipo y no confiar en un solo jugador.

La elección de la sede para Inglaterra-Estados Unidos recayó en Sugar, de Palermo, un bar que prometía juntar a varios “gringos”. Tal vez mis amigos y yo calculamos mal, porque era un bar estadounidense y nos superaban ampliamente en número. No obstante eso, fue muy divertido estar rodeado de aficionados vistiendo camisetas de fútbol rojas y blancas, se sentía bien estar cantando canciones que me sabía y bromeando con los norteamericanos por su falta de conocimiento sobre lo que ellos llaman “soccer”. La multitud se entusiasmó aún más cuando un camarógrafo del canal América entró a filmar imágenes para la edición del noticiero de la tarde.

La euforia pronto se convirtió en desesperación después de ver la pobre actuación de Inglaterra (empate 1-1), y necesité de mis compatriotas ingleses para compartir la angustia. En estas situaciones tenemos que estar unidos, porque a menudo es la misma dolorosa historia: Inglaterra jugando bien debajo del nivel esperado. Puede empatar o ganar 1-0, pero no impresiona a sus hinchas ni aplasta al rival.

Volveré a Inglaterra para las semifinales y la final. Si Inglaterra sigue en la competición, sin dudas voy a ser arrastrado por la euforia, pero si Argentina avanza, una pequeña parte de mí querrá que gane. Tal vez me encuentre a mí mismo cantando con algún hincha argentino en Londres —después de todo, yo sé lo que es ser extranjero en una tierra lejana.